Hermanos

«Los hermanos sean unidos. Porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera. En cualquier tiempo que sea. Porque si entre ellos pelean. Los devoran los de afuera.» Martín Fierro.

Suele ser frecuente que entre ambos progenitores tengamos conversaciones privadas comparando a un hijo con otro. No sólo como parte de la cotidiana comunicación de la pareja, sino también para diseñar estrategias en la educación de hermanos diferentes, esto no es reprochable.

Sin embargo, si esta información llega a oídos del hermano desfavorecido en la comparación, o ya sea que los padres comparen conscientemente a sus hijos delante de ellos, es muy dañino para éstos. La comparación entre hermanos no es una buena estrategia de educación, y conduce a resultados negativos y hasta impredecibles entre hermanos.

Perjudica la autoestima del niño

El hermano desfavorecido recibe en la comparación el mensaje de que él no es valioso y que sus cualidades no son apreciables. Esto genera inseguridad, sentimiento de inutilidad y desamparo.

Cuando un hermano se siente inferior a otro porque las comparaciones lo desfavorecen, se resiente con sus padres, porque no se siente querido y se vuelve hostil y apagado.

Pero, también el hermano modelo sale perjudicado, pues recibe el mensaje de que él es superior, es el preferido, el más querido y que todo lo que hace lo hace bien, desarrollando poca o ninguna autocrítica. Y aún más, se siente con autorización para minusvalorar también él a su hermano y a otras personas.

Promueven celos y envidias entre hermanos

Siempre ha existido una sana rivalidad entre hermanos por el amor de los padres, ya que esta es una etapa natural en el desarrollo de la autoestima y la maduración de las personas.

Pero si esta rivalidad se alimenta con comparaciones en las que un hermano es el modelo a seguir y el otro a corregir, una sana rivalidad se derivará en celos y envidias fracturando las relaciones entre ambos.

Provocan conductas autodestructivas

Cuando un hermano sale desfavorecido en la comparación puede adoptar una actitud de revancha, ya sea contra sus padres o contra la familia, a fin de darles verdaderos motivos para confirmar que “es malo” o “solo trae problemas”.

Según la edad, esto puede derivar en comportamientos autodestructivos y antisociales como robar, mentir, alcoholismo, drogadicción, etc.

No enseñamos con el ejemplo

Educar no es solo decir lo que hay que hacer, ni castigar si se hace algo malo. Educar realmente es dar ejemplo, guía y contención. Si fracasamos en el ejemplo nada de lo que luego digamos tendrá credibilidad.

Las comparaciones entre hermanos son humillantes y no son un buen recurso formativo. Debemos comprender que cada hijo es único y valioso por sí mismo, reforzando sus conductas positivas para que entienda que es bueno para él y no porque su hermano lo haga también.

Si queremos que nuestros hijos se apoyen mutuamente, se valoren mutuamente en sus diversas habilidades, sean comprensivos y tolerantes con los errores ajenos y tengan una actitud piadosa hacia la propia familia, entonces no tendremos argumentos ni peso moral si no enseñamos con el ejemplo.