Pasión por el Trabajo

Las palabras tienen un poder inherente, causan un efecto, tienen unas consecuencias —quizás no tan directas y, por tanto, no tan evidentes—. Y una de las palabras más peligrosas que existen, aunque no lo creas, es «vocación». Tranquila, sé lo que debes estar pensando ahora mismo: «¿Por qué es peligrosa?». Podríamos decir, y que la RAE me perdone, que vocación es el deseo, la voluntad y/o la habilidad para llevar a cabo una actividad, en definitiva: pasión por el trabajo.

La amenaza de la vocación

Ese deseo, esa certeza, normalmente aparece durante la adolescencia, quizás unos años más tarde —pero no muchos, que perro viejo no aprende trucos nuevos—. Pero ¿y si van pasando los años y no aparece? Lo más seguro es que al principio no te des cuenta porque eres joven, es pronto para saber qué quieres hacer el resto de tu vida, aún tienes tiempo, la cosa está muy mal, y un largo etcétera que, sin que te des cuenta, termina convirtiéndose en nuestra oración agnóstica de buenas noches, una suerte de sortilegio para dormir mejor, la panacea que alivia la espera por nuestra pasión por el trabajo. Pero a la mañana siguiente, la realidad sigue ahí.

Desde que somos jóvenes se nos pregunta: «¿Qué quieres ser de mayor?». Conforme va pasando el tiempo, ves que ese «de mayor» se acerca cada vez más. Las decisiones académicas al principio tienen poca importancia: ¿elegir esta asignatura o la otra? ¿bachillerato de sociales o de ciencias? ¿Bachillerato o Formación Profesional? Todas son preguntas y decisiones que, en la mayoría de los casos, en el gran esquema de tu vida, pueden quedar como algo más anecdótico. Si crees que te has equivocado y quieres rectificar, tienes todo el tiempo del mundo porque ¡eres joven! Qué suerte.

Víctimas de la titulitis

Cuando terminas bachillerato, tienes que tomar tu primera gran decisión «de adulto»: ¿qué carrera vas a hacer? Porque evidente vas a hacer una carrera ¿qué vas a hacer si no? Desde pequeños la cultura popular nos ha enseñado que nuestra validez como persona —amén de infinidad de estereotipos y cánones inalcanzables— reside en tener un título universitario —y ser jóvenes, que no se nos olvide—. En ese momento, todos los que te rodean parecen decididos, lo tienen cristalino, saben con una certeza dolorosa lo que van a hacer el resto de su vida, qué alimenta su pasión por el trabajo, sin importar lo que cueste.

Esa es precisamente la fuerza y vitalidad juvenil que tanto vende en las páginas webs de las universidades. Y es en ese mismo momento que, tú sin vocación, empiezas a reír y a sudar nervioso. «¿Qué hago ahora?» Sin saber cómo ni cuándo, terminas en un grado. Puede ser lo que siempre has deseado, puede ser algo que esté relacionado en mayor o menor medida con lo que te gusta o con lo que se te da bien, o puede ser un trampolín, un pasatiempo, la condición para que tus padres se queden tranquilos porque ¡¿cómo no vas a hacer una carrera?! ¡¿Dónde está tu pasión por el trabajo?!

No me malinterpretéis, los años de universidad pueden ser los mejores: la gente, las experiencias,… Incluso si te has matriculado en algo que no termina de gustarte, aunque no te des cuenta, vas a seguir aprendiendo de todo lo que te rodea. Además, es en este momento cuando comienzas a sospechar sobre ciertos axiomas que moldeaban y daban estabilidad a tu vida.

De pronto, sin que te des cuenta, pasan cuatro o cinco años —o los necesarios— y se da por clausurada, casi oficialmente, la etapa estudiantil de tu vida. Siempre te queda la opción de doctorarte o matricularte en un máster o postgrado para alargar un poco más esos años dorados, para aferrarte con uñas y dientes a la vida estudiantil porque claro, no estás en paro, estas estudiando.

No es conformismo, es liberación

Pero más tarde o más temprano, a cada cerdo le llega su San Martín. Y es cuando te enfrentas al mundo laboral sin pizca de vocación cuando descubres que todo lo que creías hasta ahora es mentira. Tus axiomas, que ya se tambaleaban durante los años de facultad, terminan por derrumbarse y observas, casi con alivio, que sí, que está muy bien tener vocación, al fin y al cabo ¿qué hay mejor que hacer aquello que es la fuente de tu pasión por el trabajo?

Pero que si no tienes vocación, tampoco pasa nada. Porque tener o no una carrera no te hace más o menos válido como persona. Porque el trabajo, al fin y al cabo, es eso: trabajo. Y a riesgo de ser simplista, la vida se trata de vivirla, ya seas abogado las 24 horas del día o te limites a tu jornada laboral de ocho horas. Y si de pronto, entrado en canas, descubres tu verdadera pasión por el trabajo, no dejes que nadie te diga lo que puedes o no hacer, porque los perros viejos, efectivamente, también aprenden trucos nuevos.

No importa si eliges aquello para lo que te has preparado durante años o un trabajo de jornada completa en una oficina o supermercado, lo que importa es que lo elijas tú. Tu carrera o tu trabajo no tienen por qué definirte, y no hay nada más liberador que eso.